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La vida invisible

un relato sobre lo que nadie ve
26 de diciembre de 2025 por
La vida invisible
FUNGISHOP
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El otro día, mientras esperaba el colectivo, escuché a dos chicas hablar. Una decía, medio indignada:

“Boluda, está re colgada. Nunca viene a nada. Seguro está en otra.”

Y me quedó resonando.

Porque pensé en toda la gente que conozco —y también en mí, en algunos momentos— que pasa por cosas tan profundas que ni siquiera tiene lenguaje para contarlas.

Y sin embargo, desde afuera, lo único que se nota es la ausencia.

La historia podría ser cualquiera.

Un duelo que nadie vio venir.

Un burnout que te dejó sin energía hasta para cocinar.

Esa tristeza rara que no es depresión, pero tampoco te deja ser vos.

Una ansiedad que se mete en el estómago y no te suelta.

Todo eso sucede en silencio.

No se publica.

No se explica.

Y mucho menos se traduce bien en un mensaje de WhatsApp.

Pero la mayoría de la gente no ve el silencio: ve que no fuiste.

Y ahí empieza la interpretación fácil: que estás distante, que te olvidaste de los demás, que ya no te importa nada.

Que no estás “haciendo el esfuerzo”.

Lo que no ven —porque nadie ve— es esa escena íntima de vos, cada mañana, tratando de juntar energía para empezar el día.

El cuerpo en modo ahorro.

La cabeza que prende alarmas donde antes había calma.

El simple hecho de bañarte sintiéndose como una pequeña victoria.

No es que no querés ir.

Es que no podés.

El sistema nervioso, cuando se curva hacia adentro, deja lo social para después.

Es biología, no desinterés.

Hay personas que leen tu ausencia como un gesto, cuando en realidad es un síntoma.

Ojalá tuviéramos más vínculos capaces de notar la diferencia.

Lo cierto es que esta época dejó marcas.

Seguimos siendo adultos funcionales, pero por dentro algo se volvió más frágil, más tenso.

Como si estuviéramos siempre un segundo antes de la alerta.

Y aun así, seguimos apareciendo donde podemos.

A veces con el cuerpo, a veces solo con pequeños gestos de vida: contestar un mensaje, preparar comida, salir a caminar dos cuadras.

Eso también es presencia, aunque nadie la aplauda.

Si estás en ese lugar, o si alguien que querés está ahí, la pregunta nunca debería ser:

“¿Por qué no viniste?”

Sino:

“¿Cómo te estás sintiendo?”

Acompañar es eso: no exigir explicaciones, sino ofrecer espacio.

Y si el cuerpo necesita un soporte para bajar la hiperalerta, para dormir un poco mejor, para aflojar la tensión invisible, herramientas como el Reishi pueden sumar.

No como milagro, sino como compañía.

Un piso más estable para volver, de a poco, al mundo.

La vida invisible existe.

Solo necesitamos aprender a verla.

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