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No todo lo que duele es trauma

Y no todo se sana “trabajándolo”
23 de enero de 2026 por
No todo lo que duele es trauma
FUNGISHOP
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En los últimos años, hablar de salud mental se volvió más común. Eso es un avance real. Sin embargo, junto con esa apertura apareció una idea que se repite cada vez más: que todo malestar es un trauma no resuelto y que toda incomodidad emocional requiere ser analizada, narrada y trabajada activamente.

El problema no es mirar hacia adentro. El problema es cuando esa mirada se vuelve permanente, obligatoria y exhaustiva.

Hoy pareciera que, si algo duele, hay que explicarlo. Si algo incomoda, hay que entenderlo. Y si no se resuelve, es porque “todavía no hiciste suficiente trabajo interno”.

Pero el cuerpo no funciona así.

Cuando la autoexploración se vuelve exigencia

No todo cansancio es trauma.

No toda angustia es una herida profunda.

No toda tristeza necesita un relato.

Muchas veces, lo que aparece como malestar emocional es un cuerpo desregulado: mal dormido, sobreestimulado, mal alimentado, con el sistema nervioso en estado de alerta crónica.

En ese contexto, pedirle a la persona que “revise qué le pasa” puede ser contraproducente. La introspección constante, lejos de aliviar, puede sumar más carga mental, más autocontrol y más presión por mejorar.

El resultado es paradójico: buscamos bienestar, pero terminamos agotados de mirarnos.

El cuerpo también necesita pausas, no solo sentido

Hay procesos que no se resuelven hablando.

Hay estados que no mejoran entendiendo.

Hay momentos donde el cuerpo no pide análisis, sino descanso.

Regular el sistema nervioso implica cosas simples, aunque poco glamorosas: dormir mejor, comer con regularidad, bajar estímulos, recuperar ritmos biológicos básicos.

Silencio.

Tiempo.

Nutrición.

No como soluciones mágicas, sino como condiciones mínimas para que cualquier proceso emocional pueda acomodarse.

El error de psicologizarlo todo

Cuando todo se interpreta como trauma, perdemos algo importante: la capacidad de distinguir entre una herida psíquica profunda y un estado de sobrecarga fisiológica.

No todo requiere ser trabajado.

Algunas cosas necesitan ser sostenidas.

Otras, simplemente, atravesadas.

El cuerpo tiene mecanismos propios de autorregulación. Pero para que funcionen, necesita recursos.

El rol real de los adaptógenos

En este punto es donde los adaptógenos pueden tener sentido, sin promesas exageradas.

No “curan” emociones.

No reemplazan procesos terapéuticos.

No resuelven conflictos internos.

Lo que sí hacen es colaborar con la regulación biológica: ayudan al cuerpo a adaptarse mejor al estrés, a equilibrar el sistema nervioso, a mejorar el descanso y la respuesta fisiológica frente a la exigencia constante.

Son soporte.

No solución.

Y eso los vuelve valiosos: no fuerzan cambios, acompañan procesos.

En síntesis

No todo dolor es trauma.

No todo malestar necesita explicación.

Y no todo se sana trabajándolo.

A veces, lo más saludable no es profundizar, sino aflojar.

Dejar de exigirle sentido inmediato a todo.

Y permitir que el cuerpo haga lo que sabe hacer desde siempre: regularse, si le damos las condiciones.

Menos presión por “sanar”.

Más respeto por los tiempos del cuerpo.

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